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El Necaxa…. en la interliga 2007

Necaxa, equipo de parias…

El equipo de los parias. De los leprosos. De los marginados. De los marginales. De los desahuciados. De lo mal baratados. De los abaratados. De los menesterosos. De los exiliados de sus eventuales, mentirosos y traicioneros paraísos.

El equipo de nadie, o de pocos, muy pocos.

Este Necaxa. Este campeón del InterLiga. Este México 2, este segundo invitado por México a la Copa Libertadores de manera directa.

Este equipo, el de los prescindibles. El de los transferibles. El de los castigados. El de los chivos expiatorios. El de los devaluados. El de los inservibles. El de los reemplazables.

Este, el Necaxa, el equipo de la marca perfecta. De las cuatro victorias, de los 12 puntos, de los ocho goles a favor.

Este, el Necaxa.

El equipo de los que se quedaron sin casa, sin prestigio, sin futuro, sin pasado, sin respeto, sin domicilio, sin elogios, sin caravanas, sin ovaciones, sin fanfarrias.

Este, el Necaxa, el mejor equipo de México en este momento, el más prometedor.

Este, el Necaxa.

Un Kléber al que América exilió, sin explicación, sin aviso, sin tiempo para limpiar su casillero, recoger sus cosas, despedirse de sus compañeros.

Un Kléber que cargó con culpas ajenas, con miserias ajenas, que el ensuciaron la cara, el nombre, el respeto, la imagen, con los susurros de rincón, con las serpientes del chisme, con el oprobio de la calumnia.

Este, el líder de goleo hasta este momento. El de los 90 minutos de lucha, los 90 minutos de transpiración y que ha encontrado, sin los maleficios de las malas compañías, el paraíso terrenal y futbolístico del gol. La red es suya porque la pelota es suya.

Este Kléber. Paria, desechado, estigmatizado.

Este Kléber que ha mostrado que el gol lo guarda y lo canjea en la brutalidad del disparo, en la concepción mágica o en el punterazo a mansalva. El goleador es un personaje que ejerce el derecho de que el fin justifica todos los medios. Y Kléber lo sabe. Y Kléber lo hace.

Y no está solo. No es el único paria entre los parias.

No es el único mártir arrojado de la tierra del pecado.

Como él hay más. En este Necaxa. El equipo de los parias. De los marginados. De los prescindibles. De los evitables.

Una defensa armada con las piezas rotas de otros rompecabezas fracturados.

Joaquín Beltrán, Ernesto Cervantes, Salvador Cabrera, Oswaldo Lucas, Pablo Quatrocchi. Hijos espurios de equipos que los consideraron jugadores sin renta, jugadores sin beneficio.

Todos, juntos, cuatro goles en contra en cuatro partidos, como sustento, como cimiento de un equipo que hace del mejor ataque su defensa.

La lista no termina.

Porque, por ejemplo, Fabiano Pereira despertó la indiferencia, el desdén de un América que quiso ponerlo a prueba en la jornada vergonzosa del fracaso por el Mundial de Clubes e Japón.

Este es el Necaxa. Un equipo de parias por error.

Porque todos, juntos, tragando a puños, antes, durante y después de cada juego, el combustible explosivo de la dignidad herida, de la revancha pendiente, del trato injusto.

Porque todos, juntos, juguetes de un propietario veleidoso, consumista, capaz de enterrar y resucitar, en el mal juicio de su riqueza, a cualquiera de sus jugadores diseminados en sus tres equipos.

Y fue emotivo. Porque este Necaxa que siempre está solo, anoche no estuvo a solas.

Porque este Necaxa que cuenta con los dedos de las manos a sus seguidores, de repente, en la tribuna se le multiplican, extasiado, generosos, agradecidos, los que deciden adoptarlo, por unos segundos, por unos minutos tal vez, por el instante brevísimo de la gloria, como su equipo, a este Necaxa, que hasta en eso es paria, porque lo ignoran más que amarlo, lo eluden más que seguirlo y que hasta en sus momentos en la cumbre ha cosechado más indiferencia que adhesión.

Pero ayer tuvo su propia revancha.

Salió del Callejón de los Milagros de Víctor Hugo, para sentarse en el palacio de la Cenicienta.

Necaxa, el equipo de los parias, ha dejado de serlo.

La tribuna, los 28 mil seguidores le rinden pleitesía con la caravana máxima del aplauso, aunque entre esa muchedumbre las camisetas rojiblancas sean pocas, muy pocas, ¡tan pocas!

El equipo de los parias. De los exiliados. Este Necaxa que se ha colgado la condecoración suprema del campeón.

 

Rafael Ramos Villagrana
rafael.ramos@laopinion.com
14 de enero de 2007

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